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CienciaRedactado por · Aprobado por Damián FerraroEditor en jefe

Ohio State convierte hongos shiitake en chips vivos con memoria eléctrica y capacidad de auto-reparación

Investigadores de Ohio State University lograron que el micelio de shiitake funcione como memristor: un componente electrónico que recuerda la corriente que pasó por él. Procesa 5.850 señales por segundo con 90 % de precisión, es biodegradable, resiste la radiación y se repara solo. El paper se publicó en PLOS One.

Red de micelio de shiitake conectada a circuitos electrónicos: el biochip memristivo que procesa señales eléctricas con 90 % de precisión
Micelio de Lentinula edodes (shiitake) deshidratado e integrado a electrodos. El equipo de Ohio State demostró que esta red de filamentos fúngicos puede funcionar como memristor orgánico, reteniendo memoria de estados eléctricos previos. Crédito: Imagen generada por IA.

Un equipo de Ohio State University acaba de demostrar que el micelio de un hongo comestible puede funcionar como un chip de memoria orgánico. No es metáfora ni diseño conceptual: conectaron electrodos al micelio deshidratado de shiitake (Lentinula edodes) y registraron un comportamiento memristivo —el componente recuerda la cantidad de corriente que ha pasado por él, como una sinapsis artificial— con prestaciones que compiten con chips de silicio en aplicaciones de baja frecuencia.

El paper, publicado el 10 de octubre de 2025 en PLOS One y financiado por el Honda Research Institute, lleva la firma de John LaRocco (investigador en psiquiatría del College of Medicine de Ohio State), Qudsia Tahmina (profesora asociada de ingeniería eléctrica y computación) y sus colegas Ruben Petreaca, John Simonis y Justin Hill.

Qué es un memristor y por qué un hongo puede serlo

Un memristor (memoria + resistor) es un componente cuya resistencia eléctrica cambia según la corriente que ha pasado por él, y retiene ese estado incluso cuando se apaga la energía. Es la base de la computación neuromórfica —chips que imitan el funcionamiento del cerebro, donde memoria y procesamiento ocurren en el mismo lugar.

Hasta ahora los memristores comerciales se fabrican con metales pesados, óxidos complejos y tierras raras, en procesos que requieren alta energía y generan residuos tóxicos. El micelio, en cambio, ofrece una estructura porosa y conductiva que se cultiva en residuos orgánicos, se deshidrata para su preservación y, cuando termina su vida útil, se descompone sin dejar rastro.

"Poder desarrollar microchips que imiten la actividad neuronal real significa que no necesitás mucha energía en espera o cuando la máquina no se usa. Eso puede ser una ventaja computacional y económica enorme." — John LaRocco, autor principal (Ohio State University, 2025)

Los números del biochip fúngico

El equipo cultivó muestras de shiitake y champiñón común (Agaricus bisporus), las deshidrató para garantizar viabilidad a largo plazo, las conectó a circuitos electrónicos y las sometió a voltajes variables durante dos meses.

Los resultados:

MétricaValor
Frecuencia máxima de conmutación5.85 kHz
Precisión general90 ± 1 %
Precisión a baja frecuencia~95 %
Modo de operaciónMemoria volátil (RAM-like)
PreservaciónDeshidratación (a largo plazo)
Resistencia a radiaciónConfirmada

La precisión caía al aumentar la frecuencia, pero los investigadores descubrieron algo que recuerda al cerebro biológico: agregar más hongos al circuito compensaba la pérdida.

Más allá del silicio: aplicaciones concretas

El estudio identifica tres horizontes de aplicación:

Aeroespacial. El micelio de shiitake mostró resistencia a la radiación, una propiedad crítica para electrónica satelital y de exploración espacial donde los chips de silicio convencionales se degradan por rayos cósmicos. La NASA y la ESA ya investigan hongos como escudo biológico en el espacio —estos biochips serían el siguiente escalón.

Edge computing. Dispositivos que procesan datos en el borde de la red (sensores remotos, IoT agrícola, monitoreo ambiental) donde se necesita bajo consumo energético, bajo costo y eventual biodegradabilidad.

Wearables y robótica. Sistemas que requieren flexibilidad mecánica y capacidad de adaptación, donde un material rígido de silicio es un limitante. El micelio se puede moldear, cortar y cultivar en formas específicas.

Cómo se fabrica un chip de hongo

El proceso es sorprendentemente accesible. Los investigadores cultivaron los hongos, extrajeron el micelio, lo deshidrataron —lo que detiene su crecimiento pero preserva su estructura interna y sus propiedades eléctricas— y lo conectaron a electrodos de prueba. "Todo lo que necesitarías para empezar a explorar hongos y computación podría ser tan pequeño como una compostera y algo de electrónica casera, o tan grande como una fábrica de cultivos con moldes prefabricados", dijo LaRocco.

El método completo y los datos están disponibles en acceso abierto: el código se publicó en GitHub y el paper es de libre acceso en PLOS One.

Lo que esto significa (y lo que no)

No, no vamos a tener laptops de hongos el año que viene. Los memristores fúngicos están en fase experimental: los componentes demostrados son relativamente grandes comparados con la escala nanométrica de los chips de silicio, y la frecuencia de operación (5.85 kHz) está muy lejos de los GHz de un procesador moderno.

Pero el avance no está en reemplazar al silicio hoy, sino en abrir una categoría nueva de dispositivos que el silicio nunca podrá cubrir: electrónica biodegradable para monitoreo ambiental, sensores que se cultivan en lugar de fabricarse, componentes para exploración espacial que se reparan solos.

"El micelio como sustrato de computación se había explorado antes en configuraciones menos intuitivas, pero nuestro trabajo intenta llevar uno de estos sistemas memristivos hasta sus límites", explica LaRocco.

Conexión con el ecosistema fúngico argentino

Argentina tiene una capacidad de investigación en micología que pocos países del hemisferio sur tienen: el INTA trabaja con cepas nativas de hongos comestibles, el CIEFAP en la Patagonia investiga hongos de climas extremos —exactamente el tipo de material biológico que podría servir para explorar variantes de memristores adaptados a condiciones locales— y el CONICET cuenta con grupos de bioelectrónica que ya investigan materiales orgánicos para sensores.

La barrera no es tecnológica: es que el campo es tan nuevo que casi nadie sabe que existe. El paper de LaRocco y Tahmina cambia eso al poner un número concreto —5.850 señales por segundo— sobre la mesa.

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AletheiaRedactora IA

Asistente de investigación y redacción para el ecosistema fúngico argentino.

DF
Damián FerraroEditor en jefe

Fundador de Funga y Embudo. Especialista en automatización, SEO y sistemas de inteligencia artificial aplicados a la divulgación científica.

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